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La Mater

Nuestra Señora Tres Veces Admirable

de Schöenstatt

La devoción a la Madre Reina y Victoriosa Tres Veces Admirable de Schoenstatt se origina en el Santuario original que está en Schönstatt (Alemania) a orillas del río Rhin, cerca de la cuidad de Vallendar. Allí el 18 de octubre de 1914, el Padre José Kentenich junto a un grupo de jóvenes se consagraron a la Virgen, sellando en Ella una Alianza de Amor. Le pedían a María que se estableciera en el Santuario, y que desde allí distribuyera los abundantes dones y gracias que su Hijo Jesucristo le concede, a cambio ellos lo ofrecían sus oraciones y sus sacrificios, sus éxitos y sus fracasos.

En este Santuario y en los más de 130 Santuarios Filiales que existen en los cinco continentes, se reciben especialmente las siguientes gracias:

1-La gracia del cobijamiento espiritual.

2-La gracia de la transformación interior.

3-La gracia del envío apostólico.

Son gracias que penetran nuestra alma y la sanan. La peregrinación constante y fiel al Santuario, el contacto permanente con la fuente de gracias, permite a la Santísima Virgen actuar como nuestra Madre y regalarnos las gracias que necesitamos para nuestra conversión.

La gracia del cobijamiento es la certeza de que Dios nos ama, que nunca nos dejará, porque siempre está dispuesto a recibirnos como hijos pródigos.

La gracia de la transformación consiste en ese amor a María que nos hace asemejarnos a Ella.

La gracia del envío es el anhelo que surge en el corazón del que ha sido bendecido por Dios, de que otros reciban esa misma bendición.

La Dimensión Mariana de nuestra autoformación.

1.      Para poder autoeducarnos efectivamente tenemos que contar con la ayuda necesaria para hacerlo fecundamente.  La autoeducación está siempre acompañada en nuestro sistema por la ayuda educativa que recibe el sujeto desde el exterior.  Estos factores educadores tienen por objeto promover y facilitar el trabajo en la propia formación de sí mismo.  En Schoenstatt destacamos y ponemos en un primer plano a María como la gran educadora.

2.      Cuando leímos el Acta de Prefundación probablemente nos llamó la atención que el padre Kentenich no dijo solamente “Queremos autoformarnos como personalidades recias, libre y sacerdotales”, sino que encabeza su “Programa” diciendo:  “Bajo la protección de María queremos…”.  Para el Padre Kentenich no se trataba de una frase accidental, de un mero “adorno piadoso”.  Al proponerle a los jóvenes emprender el trabajo en la autoformación quiere encaminarlos por una vía segura:  les señala el camino mariano de la formación de sí mismo.  Al hacerlo se basa fundamentalmente en dos cosas:

-         En su propia experiencia personal.

-         En un sólido fundamento teológico.

3.      En innumerables ocasiones el P. Kentenich señaló que el secreto de su persona y de su fecundidad como Fundador residía en la persona de María, a quien él le debía todo lo que era y había realizado en su vida.  María, decía, es “el alma de mi alma”.  Desde niño experimentó un gran amor filial por Ella.  A los 9 años su mamá, debido a condiciones familiares desfavorables debe confiarlo a un orfanato, entonces encarga a la Sma. Virgen, su hijo, pidiéndole que Ella de ahora en adelante sea en forma especialísima su madre y educadora.  El hará suya esa entrega, se confía a María enteramente, para toda su vida.  De esta manera tiene la oportunidad de experimentar en toda su profundidad el poder educador de María y la realidad de su maternidad.  Las fuertes luchas espirituales por las cuales pasó en su juventud,  pudo superarlas basado en su estrecha relación con María.  Más tarde dira:

“…Tuve que pasar durante años por pruebas de fe.  Lo que guardó mi fe durante esos años fue un amor profundo y sencillo a María.  El amor a María regala de por sí esta manera de pensar orgánica…  ¿A quién debo agradecer todo esto?  Viene de arriba.  Sin duda de la Sma. Virgen.  Ella es el gran regalo.  De este modo pude, además de la enfermedad (se refiere a los problemas que aquejan al hombre moderno),  experimentar también en mi propia persona, y muy abundantemente, la medicina”.  (Doc. Sch. I 180,14).

4.      Cuando el P. Kentenich propone, por lo tanto, a los jóvenes, autoeducarse “bajo la protección de María”, quiere hacerles partícipes de una experiencia y gracia personal que ha recibido.  El ya ha tenido suficientes oportunidades como para experimentar el cobijamiento, el poder transformador y la acción maternal y educadora de María.

Los jóvenes captarán solo lentamente esta realidad.  Poco a poco, en la medida que se aventuran por el camino de la autoformación, se van dando cuenta que la tarea es ardua, que las dificultades son muchas y la debilidad personal grande.  La fundación de la Congregación Mariana (Cf.Doc.Sch. p.33 B ss), y luego el 19 de octubre de 1914 marcarán los hitos de una entrega progresiva y total a María como Madre y Educadora.

De este modo la experiencia vital del Padre, su propio proceso de vida, pasa a ser también experiencia personal de los jóvenes.  De ahora en adelante ellos podrán experimentar en toda su fuerza que María es la mejor aliada, que Ella es el camino más rápido, más simple, más eficaz para llevar a cabo con éxito la labor de la autoformación.  Así como un niño no es capaz de valerse por sí mismo sino que está condicionado al cuidado maternal, así también nosotros, que en el orden espiritual siempre estamos en vías de crecer, necesitamos la ayuda maternal de María.

5.      Para el Padre Kentenich, sin embargo, no sólo se trata de transmitir una experiencia personal.  Hay algo más profundo.  El P. Kentenich parte al mismo tiempo de la realidad de la fe, y tiene la valentía de sacar las consecuencias de esa fe para la vida práctica.  En el conjunto de las verdades de la fe María no es un adorno lateral,  Ella “sin ser el centro, está en el centro”,  es inseparable de Cristo en toda la obra de la redención.  Cristo la eligió como su compañera y colaboradora;  en el momento cumbre de la cruz nos la dejó como testamento al pronunciar las palabras:  “Ahí tienes a tu Madre”, dirigidas a su discípulo predilecto como representante de toda la Iglesia.

La tradición teológica y la espiritual del cristianismo a lo largo de los siglos, la enseñanza de los papas y el magisterio de la Iglesia, no hacen sino confirmar y prolongar el convencimiento:  María es verdaderamente Madre de Cristo y Madre nuestra.  Y si es Madre es educadora.  Una educadora que no sólo quiere ayudarnos en la difícil tarea de nuestra formación, sino que también posee el poder para hacerlo, pues es Reina.

El Padre Kentenich, como dijimos, saca las consecuencias prácticas de esta verdad teológica.  Es Dios quien dispone las cosas, no somos nosotros los que dictamos las normas del proceder de Dios.  Y si Dios, en su infinita bondad, ha querido darnos una auténtica Madre en el orden sobrenatural, no podemos pasar por encima este hecho.  En la medida que lo tomemos en serio recibiremos también abundante bendición y fecundidad.

Michael Quoist tiene un pasaje en su libro “Oraciones para la Calle” en el cual pone en boca del Señor, las siguientes palabras:

“MI MEJOR INVENTO ES MI MADRE”.

 “Mi mejore invento, dice Dios, es mi Madre.

Me faltaba una Madre y me la hice.

Hice Yo a mi Madre antes que ella me hiciese.

Así era más seguro.  Ahora sí que soy hombre como todos los hombres.

Ya no tengo nada qué envidiarles, porque tengo una madre,

Una madre, una madre de veras.

Sí, eso me faltaba.

Mi Madre se llama María, dice Dios.

Su alma es absolutamente pura y llena de gracia.

Su cuerpo es virginal y habitado de una luz tan

espléndida, que cuando Yo estaba en el mundo

no me cansaba de mirarla, de escucharla , de admirarla.

¡Qué bonita es mi madre!  Tanto, que dejando las maravillas del cielo

nunca me sentí desterrado junto a Ella.

Y fijáos si sabré Yo lo que es eso de ser llevado por los ángeles…,

pues bien:  eso no es nada junto a los brazos de una madre, creed.

 

Mi Madre ha muerto, dice Dios.  Cuando me fui al cielo Yo la echaba

de menos.  Y Ella a Mí.

Ahora me la he traído a casa, con su alma, con su cuerpo, bien entera.

Yo no podría portarme de otro modo.  Debía hacerlo así.  Era lógico.

¿Cómo iban a secarse los dedos que habían tocado a Dios?

¿Cómo iban a cerrarse los ojos que lo vieron?

Y los labios que lo besaron ¿Creéis que podrían marchitarse?

No, aquel cuerpo purísimo, que dio a Dios un cuerpo, no podía podrirse entre la tierra.

Y Yo no fui capaz.  ¿Cómo iba a hacerlo?  Habría sido horrible para Mí.

¿O no soy Yo el que manda?  ¿De qué iba a servirme, si no, el ser Dios?

Además, dice Dios, también lo hice por mis hermanos los hombres:

para que tengan una Madre en el cielo, una Madre de veras, como las suyas, en cuerpo y alma.

La mía.

Bien.  Hecho está.  La tengo aquí, conmigo, desde el día de su muerte.  Su Asunción, como dicen los hombres.

La Madre ha vuelto a encontrar a su Hijo, y el Hijo a la Madre, en cuerpo y alma, el uno junto al otro eternamente.

Ah, si los hombres adivinase la belleza de este misterio…

Ellos lo han reconocido al fin oficialmente.

Mi representante en la tierra, el Papa, lo ha proclamado solemnemente.

¡Da gusto, dice Dios, ver que se aprecian los dones que uno hace!

Aunque la verdad es que el buen pueblo cristiano ya había presentido ese misterio de amor de hijo y de hermano…

 

Y ahora:  que se aprovechen, dice Dios.

En el cielo tienen una Madre que les sigue con sus ojos de carne.

En el cielo tienen una Madre que los ama con todo su corazón, con su corazón de carne.

Y esa Madre es mía.  Y me mira a Mí con los mismos ojos que a ellos, me ama con el mismo corazón.

 

Ah, si los hombres fueran pícaros… Bien se aprovecharían.

¿Cómo no se darán cuenta de que Yo a Ella no puedo negarle nada?

¡Qué queréis!  ¡Es mi Madre!  Yo lo quise así.

 

Y bien… no me arrepiento.

Uno junto al otro, cuerpo y alma, eternamente, Madre e Hijo…

 

6.      La historia de Schoenstatt es una prueba contundente de la eficacia y realidad de la acción educadora de María.

         Si nosotros queremos aventurarnos en el camino que nos propone Schoenstatt no podemos pasar de largo ante la persona de María.  Poco a poco también nosotros tenemos que conquistarnos su corazón y dejarnos conquistar por Ella.  

Con sencillez de hijos queremos confiarle a Ella todo lo que somos y nos proponemos;  a Ella debemos recurrir para pedirle nos regale las fuerzas que nosotros no poseemos.  Con su gracia estamos seguros que saldremos adelante, hasta que lleguemos a ser semejantes a Cristo, hombres verdaderamente nuevos.  Ella repetirá, entonces, aquello que realizó en la alborada de nuestra redención:  dar a luz a Cristo.  Nuevamente dará a luz a Cristo en nuestro corazón, así nos hará ser testigos e instrumentos de su redención en medio del mundo.  

 

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